Rezension Diverdi Magazin 192 / mayo 2010 | Arturo Reverter | May 1, 2010 Arte grande y medido
El que suscribe ha hablado ya varias veces de Dietrich Fischer-Dieskau en estas queridas páginas, y lo ha hecho encomiásticamente, tales son las virtudes del cantante, ampliamente contrastadas desde hace muchos años. Ahora, cuando el barítono alcanza los 85, es momento de recordarlo de nuevo y de comentar la excelente calidad de las interpretaciones que nos ofrecen estos cuatro compactos de Audite, tan adecuadamente tratados, a partir de cintas originales de las emisoras de Berlín. Las grabaciones no son del todo inéditas, lo inédito es el trabajo técnico, la puesta a punto y al día. En todo caso, son recreaciones que no han circulado mucho y que hacía tiempo que eran inencontrables. El esplendor sonoro que nos trae la remasterización es innegable y nos permite seguir sin contratiempos y con fidelidad las evoluciones de tan singular voz.
El amplio y completísimo juego de sfumature, probablemente único entre los cantantes de los últimos cincuenta años, y que analizábamos con ocasión del octogésimo cumpleaños del artista, brilla en estas grabaciones realizadas a lo largo de distintos años, todos ellos de madurez, cuando la voz, la técnica y el arte estaban absolutamente hechos y desarrollados. Recorremos un espacio temporal que va de diciembre de 1951, con Beethoven en el atril, a junio de 1989, cuando Dieskau incorporaba una avanzada obra del suizo Heinrich Sutermeister. En todas y cada una de las interpretaciones hallamos esa inconsútil manera de aplicar el leaato, controlar elfiato y administrar el aliento. Base de la técnica para establecer una amplia y variada gama de coloraciones, una cosa fundamental para cantar lied. Aunque en ocasiones ciertos sonidos resultaran abiertos y destimbrados.
Nuestro barítono controlaba distintos tipos de emisión, pero nunca perdía su timbre personal, único e intransferible. En un mismo lied, por ejemplo, eligiendo entre los que tenemos en estos discos, Auf dem See de Brahms, era capaz de diseñar una paleta de colores sin igual y pasar de lo más lírico y delicado a lo directamente dramático en un inesperado torrente de voz, tenante v vigoroso. De ahí la singularidad del cantante, a quien, es cierto, a veces puede achacársele un cierto manierismo, un alquitaramiento excesivo, lo que para algunos podría suponer una pérdida de la pureza de la línea de canto, que permanece incólume en las interpretaciones de otros grandes liederistas de su tiempo, así Hotter o Prey. Pero el arte del octogenario berlinés no se resentía por ello y nos proporcionaba el raro placer de poder penetrar en los intríngulis del texto y de la música. Nadie como él ha sabido construir, sin ir más lejos, el crescendo demoledor del lied Ich grolle nicht de Dichterliebe de Schumann.
Una de las cosas más curiosas de esta cuádruple entrega de Audite son precisamente los duetos de este autor que canta en compañía de su segunda esposa, la soprano Julia Varady, en un registro de diciembre de 1977. Son piezas extraídas de distintos opus: 34, J7,74 y 78, que revelan la conjunción y la efusividad, el acoplamiento perfecto de las dos voces, muy bien sostenidas por el piano de Cord Garben. El mismo CD se completa, aquí con la eficaz Hertha Klust en el teclado, con los Sechs Lieder von Gellert de Beethoven, cuya cima es el impresionante Die Ehre Gottes aus der Natur, y con tres de Des Knaben Wunderhorn de Mahler; compositor a quien se dedica otro de los compactos, que incluye algunas canciones de juventud, dos Rückert, los Fahrenden Gesellen y una selección de Des Knaben (con la coincidencia de Das irdische Leben). Un expresivo Barenboim se sienta al piano en esta interpretación de 1971.
La mencionada obra de Sutermeister es un largo recitado dramático sobre ásperas disonancias y caracoleos del órgano, que toca con propiedad Ulrich Bremsteller. Partitura nada fácil de entonar. También emplea órgano Max Reger en su ciclo de canciones sacras, páginas de tipo hímnico que el cantante desgrana con rigor y severidad. La tercera parte del CD está dedicada a Hindemith de quien se recogen una serie de ascéticas canciones con textos de Novalis, Brentano o Rückert. La selección se cierra con los Tres Himnos sobre poemas de Whitman, de complejo contrapuntismo y elevada tesitura. El compositor Aribert Reimann atiende al solista con tensa pulsación. Con todo ello queda demostrada una vez más la pericia y la firmeza de este fabuloso barítono, un infatigable trabajador de la voz, como cantante y escritor, un investigador curioso, de prodigiosa retentiva, abarcador de un repertorio de excepcional amplitud, perenne protagonista, en el escenario, en la radio y en los estudios de grabación, de una discografía oceánica. Un símbolo indeleble del arte del canto de nuestros días. Homenaje éste, qué duda cabe, muy merecido.
El amplio y completísimo juego de sfumature, probablemente único entre los cantantes de los últimos cincuenta años, y que analizábamos con ocasión del octogésimo cumpleaños del artista, brilla en estas grabaciones realizadas a lo largo de distintos años, todos ellos de madurez, cuando la voz, la técnica y el arte estaban absolutamente hechos y desarrollados. Recorremos un espacio temporal que va de diciembre de 1951, con Beethoven en el atril, a junio de 1989, cuando Dieskau incorporaba una avanzada obra del suizo Heinrich Sutermeister. En todas y cada una de las interpretaciones hallamos esa inconsútil manera de aplicar el leaato, controlar elfiato y administrar el aliento. Base de la técnica para establecer una amplia y variada gama de coloraciones, una cosa fundamental para cantar lied. Aunque en ocasiones ciertos sonidos resultaran abiertos y destimbrados.
Nuestro barítono controlaba distintos tipos de emisión, pero nunca perdía su timbre personal, único e intransferible. En un mismo lied, por ejemplo, eligiendo entre los que tenemos en estos discos, Auf dem See de Brahms, era capaz de diseñar una paleta de colores sin igual y pasar de lo más lírico y delicado a lo directamente dramático en un inesperado torrente de voz, tenante v vigoroso. De ahí la singularidad del cantante, a quien, es cierto, a veces puede achacársele un cierto manierismo, un alquitaramiento excesivo, lo que para algunos podría suponer una pérdida de la pureza de la línea de canto, que permanece incólume en las interpretaciones de otros grandes liederistas de su tiempo, así Hotter o Prey. Pero el arte del octogenario berlinés no se resentía por ello y nos proporcionaba el raro placer de poder penetrar en los intríngulis del texto y de la música. Nadie como él ha sabido construir, sin ir más lejos, el crescendo demoledor del lied Ich grolle nicht de Dichterliebe de Schumann.
Una de las cosas más curiosas de esta cuádruple entrega de Audite son precisamente los duetos de este autor que canta en compañía de su segunda esposa, la soprano Julia Varady, en un registro de diciembre de 1977. Son piezas extraídas de distintos opus: 34, J7,74 y 78, que revelan la conjunción y la efusividad, el acoplamiento perfecto de las dos voces, muy bien sostenidas por el piano de Cord Garben. El mismo CD se completa, aquí con la eficaz Hertha Klust en el teclado, con los Sechs Lieder von Gellert de Beethoven, cuya cima es el impresionante Die Ehre Gottes aus der Natur, y con tres de Des Knaben Wunderhorn de Mahler; compositor a quien se dedica otro de los compactos, que incluye algunas canciones de juventud, dos Rückert, los Fahrenden Gesellen y una selección de Des Knaben (con la coincidencia de Das irdische Leben). Un expresivo Barenboim se sienta al piano en esta interpretación de 1971.
La mencionada obra de Sutermeister es un largo recitado dramático sobre ásperas disonancias y caracoleos del órgano, que toca con propiedad Ulrich Bremsteller. Partitura nada fácil de entonar. También emplea órgano Max Reger en su ciclo de canciones sacras, páginas de tipo hímnico que el cantante desgrana con rigor y severidad. La tercera parte del CD está dedicada a Hindemith de quien se recogen una serie de ascéticas canciones con textos de Novalis, Brentano o Rückert. La selección se cierra con los Tres Himnos sobre poemas de Whitman, de complejo contrapuntismo y elevada tesitura. El compositor Aribert Reimann atiende al solista con tensa pulsación. Con todo ello queda demostrada una vez más la pericia y la firmeza de este fabuloso barítono, un infatigable trabajador de la voz, como cantante y escritor, un investigador curioso, de prodigiosa retentiva, abarcador de un repertorio de excepcional amplitud, perenne protagonista, en el escenario, en la radio y en los estudios de grabación, de una discografía oceánica. Un símbolo indeleble del arte del canto de nuestros días. Homenaje éste, qué duda cabe, muy merecido.