Rezension
Diverdi Magazin marzo 2011 | Roberto Andrade | March 1, 2011
Beethoven de referencia
Hace un año, señalaba en estas páginas a Wilhelm Backhaus (1884-1969) como uno de los grandes pianistas del siglo XX. Su dilatadísima carrera –cerca de 80 años – se extendió justo hasta el final de su vida: se conserva la grabación de su último concierto, que ofreció en la iglesia de Ossiach, Carintia, una semana antes de fallecer. Y su presentación en público había tenido lugar cuando apenas era un niño, en 1892; parece ser que Brahms escuchó al joven pianista y le dirigió palabras de aliento. La consagración de Backhaus se produjo en el Concurso Anton Rubinstein, celebrado en París en 1905, en el que obtuvo el primer premio, venciendo a competidores como Béla Bartók y Otto Klemperer.
Desde entonces, Backhaus fue un pianista de renombre mundial y mantuvo una fructífera relación con el fonógrafo para el que, en 1909, realizó la primera grabación de un concierto para piano y orquesta, el de Grieg, si bien en versión muy abreviada. Entre otros registros históricos figura la primera integral fonográfica de los Estudios de Chopin opus 10 y 25, fechada en 1929, que aun hoy resulta notable. Tanto por el repertorio que cultivó como por la forma de abordarlo, Backhaus fue un pianista clásico, objetivo, fiel a la partitura y, en tal sentido, adelantado a sus coetáneos (citemos solo a Paderewski), que a menudo se permitían unas libertades que hoy juzgamos inaceptables. Antes de la segunda guerra mundial, en su repertorio figuraron, además de Chopin, autores como Liszt o Rachmaninov que no asociamos con el Backhaus de posguerra. A partir de 1945, el pianist se centró en Bach, Mozart, Haydn, Schubert, Schumann, Brahms y, especialmente, Beethoven, de quien fue intérprete de referencia: ya en 1928 ofreció en concierto el ciclo de las 32 Sonatas.
Así lo demuestra este magnífico concierto, ejemplarmente grabado en Berlín por la RIAS el 18 de abril de 1969 en la sala de la Filarmonía. Backhaus abordó impávido, a sus 85 primaveras, un programa sin concesiones que superó con toda brillantez, formado por cuatro sonatas de Beethoven. Otros grandes pianistas como Arrau, Rubinstein u Horszowski no hubieron podido afrontarlo a esa edad. La longevidad de Backhaus fue excepcional si consideramos la estupenda forma, física y mental, en que se hallaba en el año de su muerte. La Sonata opus 53 , conocida como Waldstein o Aurora es una de las más insidiosas para el intérprete que Beethoven escribió. Su larga sección de desarrollo en el movimiento inicial exige un férreo control mecánico y, sobre todo, mental , para poder comunicar al oyente el complejo entramado musical beethoveniano, dominio que parece reservado a pianistas más jóvenes de lo que Backhaus era en 1969. En sus manos, la Sonata Waldstein adquiere una intensidad que prende al oyente en la red de su lógica inexorable y no lo deja escapar hasta su conclusión: Backhaus es un magistral arquitecto, un profundo recreador de esta imponente Sonata; las pequeñas imperfecciones mecánicas son irrelevantes. Y no menos admirable es la espléndida calidad de su sonido – poderoso o delicado según se requiera, siempre timbrado y redondo – el mismo que ofrecía en sus primeras grabaciones de comienzos de los años 50 para Decca, captado ahora por los micrófonos de la RIAS alemana en toda su dimensión, con el auxilio de una magnífica estereofonía. Espléndida también la Sonata opus 31.3, otra de las magnas creaciones de Beethoven, en la que Backhaus no solo muestra su autoridad indiscutible sino que responde con versatilidad a los muy diferentes estados de ánimo de sus cuatro movimientos – presididos por un desusado buen humor que no suele asociarse al músico de Bonn – que culminan en una brillantísima tarantela final. De nuevo asombra la vitalidad del intérprete, más inspirado y más convincente que en sus grabaciones de estudio. De las otras dos Sonatas ofrecidas en este concierto berlinés, la Pastoral opus 28 y la maravillosa opus 109 en mi mayor, cabe destacar las Variaciones que culminan esta última, por su claridad formal, su noble expresividad y su elocuencia. Uno de esos recitales que no se olvidan, recomendable con entusiasmo.