Rezension Diverdi Magazin febrero 2012 | Miguel Ángel González Barrio | February 1, 2012 Así que pasen veinte años
En 1933, tras regresar a Berlín de una gira por Italia y Hungría, Otto Klemperer se encontró con que la moderna producción de Tannhtiuser de Jürgen Fehling que había estrenado el I2 de febrero en la Staatsoper de Berlín para conmemorar el cincuentenario de la muerte de Wagner había sido sustituida, sin consultarle, por una vetusta, más al gusto de las nuevas autoridades. Además, el Intendente General de los Teatros Prusianos, el todopoderoso Heinz Tietjen, le comunicó que no podía seguir empleándolo en la Staatsoper. El 4 de abril Klemperer hizo las maletas y marchó a Suiza, y de ahí a los Estados Unidos. Al borde de la cincuentena, este prusiano de Breslau (hoy Wroclaw, Polonia), judío, horrorizado al saberse proscrito por prejuicios raciales, europeo de pura cepa, incapaz de entender América, comenzaba un largo exilio. Atrás quedaban los años felices al frente de la Krolloper, sucursal progresista de la Staatsoper, en la que estrenó obras de Hindemith y Schoenberg y montajes de Caspar Neher y Giorgio de Chirico y programó a Janacek, Stravinsky o Milhaud.
Después de la guerra Berlín significó ya muy poco en su carrera. Dirigió escasas veces a la Filarmónica. Klemperer no olvidaba un comentario antisemita, cazado al vuelo por su hija Lotte, de la esposa de Gerd von Westermann, intendente de la orquesta y director del Festival de Berlín. La relación con la orquesta de Karajan era de una frialdad extrema, situación que no pasaba desapercibida y llegó a reflejarse en los conciertos. Trabajó más con la joven Orquesta Sinfónica de la RIAS, la radio del sector americano, dirigida por Fricsay, no precisamente una orquesta de primera, pero a la que Klemperer forzaba a dar lo mejor. Su primera colaboración consistió en varias sesiones de grabación (en la mítica Jesus-Christus-Kirche de Dahlem) entre el 19 y el 23 de diciembre de 1950, en las que registró varias obras de Mozart (poco antes había grabado más Mozart en París, con la Orquesta Pro Musica de Viena). Posteriormente, entre 1954 y 1958, dieron varios conciertos en el Titania Palast y la Hochschule für Musik.
Los frutos de esta relación de ocho años los publica ahora Audite en una caja de 5 CDs, con el superlativo sonido marca de la casa. Parte del material ya se había editado en compacto, con sonido inferior, pero hay varios inéditos. Por algún motivo han quedado fuera la Serenata n° II K375 (estudio, 1950), la Sinfonía n° 40 de Mozart y la Segunda de Brahms del 21 de enero de 1957, publicadas por Archipel. El repertorio refleja el cambio operado en Klemperer: de campeón de la música de su tiempo pasó a concentrarse en los clásicos. Casi todas las obras de la caja las grabó en estudio con la Philharmonia de Legge. La orquesta inhabitual y la intensidad del directo añaden interés (pese a ocasionales problemas de ensemble) a interpretaciones delineadas sobre parámetros conocidos. El plato fuerte es Beethoven y el concierto monográfico del 29 de marzo de 1958, que se ofrece íntegro. Tras una hercúlea obertura Egmont, en la apolínea Segunda Klemperer se desvía de la tendencia habitual a aligerar el Beethoven temprano, y la sitúa más cerca de la Heroica. En el registro EMI de un año antes no apretó tanto en el Larghetto. La soberbia Heroica, equilibrada, de acentos incisivos e intensidad furtwängleriana, es lo mejor del álbum. De la Pastoral del 15 de febrero de 1954 admiran la construcción orgánica, lógica y coherente, el sutil y natural rubato y las gigantescas dinámicas marca de la casa. En el Concierto para piano n° 3 Hans-Erich Riebensahm es un esforzado solista, con bastantes problemas técnicos y sonido opaco.
No desaprovechó Klemperer la oportunidad de tocar obras prohibidas por el III Reich. Antes de dirigir el mencionado concierto de 1954, por la mañana grabó en estudio Nobilissima Visione, de Hindemith, suite orquestal de su ballet sobre San Francisco de Asís, que en octubre de ese año volvió a grabar para EMI. En la Cuarta de Mahler, Klemperer ensaya algunos ritardandi que no funcionan bien. La orquesta no siempre le sigue en los cambios de tempo, y los acentos suenan blandos a oídos de hoy. Elfriede Trotschel, rígida y tirante, insegura, no es la voz celestial que pide Das himmlische Leben. Completan el álbum las grabaciones mozartianas de 1950, casi todas publicadas hace más de 20 años por Frequenz o Hunt, y más recientemente por Urania y Archipel. Las lecturas clásicas, elegantes y armoniosas de las Sinfonías n° 29 y n° 38 compensan la bizarra versión de la n° 25 en sol menor, con un enloquecido primer movimiento.
Después de la guerra Berlín significó ya muy poco en su carrera. Dirigió escasas veces a la Filarmónica. Klemperer no olvidaba un comentario antisemita, cazado al vuelo por su hija Lotte, de la esposa de Gerd von Westermann, intendente de la orquesta y director del Festival de Berlín. La relación con la orquesta de Karajan era de una frialdad extrema, situación que no pasaba desapercibida y llegó a reflejarse en los conciertos. Trabajó más con la joven Orquesta Sinfónica de la RIAS, la radio del sector americano, dirigida por Fricsay, no precisamente una orquesta de primera, pero a la que Klemperer forzaba a dar lo mejor. Su primera colaboración consistió en varias sesiones de grabación (en la mítica Jesus-Christus-Kirche de Dahlem) entre el 19 y el 23 de diciembre de 1950, en las que registró varias obras de Mozart (poco antes había grabado más Mozart en París, con la Orquesta Pro Musica de Viena). Posteriormente, entre 1954 y 1958, dieron varios conciertos en el Titania Palast y la Hochschule für Musik.
Los frutos de esta relación de ocho años los publica ahora Audite en una caja de 5 CDs, con el superlativo sonido marca de la casa. Parte del material ya se había editado en compacto, con sonido inferior, pero hay varios inéditos. Por algún motivo han quedado fuera la Serenata n° II K375 (estudio, 1950), la Sinfonía n° 40 de Mozart y la Segunda de Brahms del 21 de enero de 1957, publicadas por Archipel. El repertorio refleja el cambio operado en Klemperer: de campeón de la música de su tiempo pasó a concentrarse en los clásicos. Casi todas las obras de la caja las grabó en estudio con la Philharmonia de Legge. La orquesta inhabitual y la intensidad del directo añaden interés (pese a ocasionales problemas de ensemble) a interpretaciones delineadas sobre parámetros conocidos. El plato fuerte es Beethoven y el concierto monográfico del 29 de marzo de 1958, que se ofrece íntegro. Tras una hercúlea obertura Egmont, en la apolínea Segunda Klemperer se desvía de la tendencia habitual a aligerar el Beethoven temprano, y la sitúa más cerca de la Heroica. En el registro EMI de un año antes no apretó tanto en el Larghetto. La soberbia Heroica, equilibrada, de acentos incisivos e intensidad furtwängleriana, es lo mejor del álbum. De la Pastoral del 15 de febrero de 1954 admiran la construcción orgánica, lógica y coherente, el sutil y natural rubato y las gigantescas dinámicas marca de la casa. En el Concierto para piano n° 3 Hans-Erich Riebensahm es un esforzado solista, con bastantes problemas técnicos y sonido opaco.
No desaprovechó Klemperer la oportunidad de tocar obras prohibidas por el III Reich. Antes de dirigir el mencionado concierto de 1954, por la mañana grabó en estudio Nobilissima Visione, de Hindemith, suite orquestal de su ballet sobre San Francisco de Asís, que en octubre de ese año volvió a grabar para EMI. En la Cuarta de Mahler, Klemperer ensaya algunos ritardandi que no funcionan bien. La orquesta no siempre le sigue en los cambios de tempo, y los acentos suenan blandos a oídos de hoy. Elfriede Trotschel, rígida y tirante, insegura, no es la voz celestial que pide Das himmlische Leben. Completan el álbum las grabaciones mozartianas de 1950, casi todas publicadas hace más de 20 años por Frequenz o Hunt, y más recientemente por Urania y Archipel. Las lecturas clásicas, elegantes y armoniosas de las Sinfonías n° 29 y n° 38 compensan la bizarra versión de la n° 25 en sol menor, con un enloquecido primer movimiento.