Rezension Diverdi Magazin 182/ junio 2009 | Ignacio González Pintos | 1. Juni 2009 Artificioso por naturaleza
Con esta ingeniosa expresión se autodefinió Maurice Ravel, y difícilmente hallaríamos otra que ilustrara mejor el especial carácter de su obra. Al término artificial se refiere también Wolfgang Rathert en las interesantes notas de la carpetilla, pero sin la coletilla de la expresión original el adjetivo puede resultar algo equívoco. Añadiendo unas dosis de hermetismo quizá aclaremos un tanto la cuestión. Porque la música de Ravel remite a sí misma, autosuficiente en su orden racional, y renuncia a referentes externos o significados profundos. Refugiada en su delicada perfección se niega pudorosa a descubrirnos a su autor, pero en esa actitud elusiva muestra ya la fragilidad del noble ascetismo de la pluma que la inspira. Ravel opone la más refinada elegancia a un mundo en descomposición, una aristocracia del espíritu que con irresistible desdén desprecia incluso la confesión del desencanto.
Romain Descharmes encuentra la manera de dejarse poseer por ese espíritu acompañado de su SK-Ex 258001, un instrumento artificioso por naturaleza, no especialmente cálido y brillante incluso en la frecuente levedad dinámica, ideal para recrear la estética raveliana -estupenda la toma sonora, por cierto, de un SACD compatible con los reproductores comunes. La delicadísima pulsación del pianista acaba por obrar el milagro: la música emerge sublime, cristalina, coloreada con timbre decadente y dicha con fina poesía. Ese meticuloso relojero que fue Ravel penaliza el más mínimo desliz, y a punto está de costarle caro a Descharmes cierto encaprichamiento en Le Gibet del Gaspard de la Nuit, que solventa con un Scarbo sostenido con seductor y exacto pulso. La atmósfera de los Valses nobles y sentimentales fluye encantadora a través del juguetón ritmo ternario, empeñado en disimular la amargura que provoca la evocación del tiempo perdido. La mirada a un pasado más remoto de la Sonatina desarma por su exquisita y frágil desnudez. Desde los rápidos cuatrillos iniciales la lectura de Descharmes se desenvuelve con una delicadeza irresistible, refinada hasta el extremo.
Llegada la madurez el ascetismo de Ravel se permite algunas licencias, levantando la voz para escribir La Valse. Descharmes toma aire y nos brinda esta transcripción en un solo impulso. Una fantástica exhibición llena de energía, salpicada por un humor trágico tremendamente raveliano, que bien podría ser el punto y seguido de una integral más que apetecible.
Romain Descharmes encuentra la manera de dejarse poseer por ese espíritu acompañado de su SK-Ex 258001, un instrumento artificioso por naturaleza, no especialmente cálido y brillante incluso en la frecuente levedad dinámica, ideal para recrear la estética raveliana -estupenda la toma sonora, por cierto, de un SACD compatible con los reproductores comunes. La delicadísima pulsación del pianista acaba por obrar el milagro: la música emerge sublime, cristalina, coloreada con timbre decadente y dicha con fina poesía. Ese meticuloso relojero que fue Ravel penaliza el más mínimo desliz, y a punto está de costarle caro a Descharmes cierto encaprichamiento en Le Gibet del Gaspard de la Nuit, que solventa con un Scarbo sostenido con seductor y exacto pulso. La atmósfera de los Valses nobles y sentimentales fluye encantadora a través del juguetón ritmo ternario, empeñado en disimular la amargura que provoca la evocación del tiempo perdido. La mirada a un pasado más remoto de la Sonatina desarma por su exquisita y frágil desnudez. Desde los rápidos cuatrillos iniciales la lectura de Descharmes se desenvuelve con una delicadeza irresistible, refinada hasta el extremo.
Llegada la madurez el ascetismo de Ravel se permite algunas licencias, levantando la voz para escribir La Valse. Descharmes toma aire y nos brinda esta transcripción en un solo impulso. Una fantástica exhibición llena de energía, salpicada por un humor trágico tremendamente raveliano, que bien podría ser el punto y seguido de una integral más que apetecible.