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Rezension Diverdi Magazin N° 168 / marzo 2008 | Joaquín Martín Sagarmínaga | 1. März 2008 Dietrich Fischer-Dieskau

Dietrich Fischer-Dieskau tenía en su pasaporte artístico una doble nacionalidad: ópera y lied. Del lied fue el gran monopolista de su tiempo, liderando este campo durante muchos años, algo que casi se le reprochó cuando estaba en activo, sin que nadie pudiera negarle su altura de miras ni la grandeza incomparable de sus logros. Desconfiando de la pura belleza vocal y del sonido entendido en sí mismo, para él éstos eran só lo los medios con que desentrañar la unión profunda que hay entre una música y un texto. Entiendo que fue un ontólogo del lied, porque para él la verdadera interpretación, además de fundir la riqueza musical y poemática, revelaba también el verdadero ser de su transmisor.

Conocida era su predilección por Schubert, por Mahler, por Wolf. Son, pues, ejemplares sus ciclos Viaje invernal o La bella molinera, divididos mejor que con nadie al cincuenta por ciento con el pianista inglés Gerald Moore. Dieskau homenajeó al propio Moore a través, entre otras cosas, de una afelpada Nachtviolen que está entre lo más luminoso que alumbrara, como entre lo más oscuro se sitúa Um Mitternacht de Mahler, angustiosa deriva de un alma en pena en su noche de vela. Mahler admiraba a Wolf literalmente como autor de canciones perfectas. Dieskau abarcó veintenas de ellas, pero sobresalía en algunos Mörike: en las líneas largas y contritas de El enfermo curado en la esperanza; en la duplicación del averno que es Der Feuerreiter; en la furiosa arremetida contra las posaderas de un crítico, plena de un humor bizco, que es Despedida.

La ópera fue para él un ramal trenzado en los más variados intereses (en cristiano: que metió la nariz en todo). Con ella ganseó un poco en La flauta mágica de DG, pero a su vez, como Sprecher con otra multinacional, nos hizo pensar serenamente en Bach por su maestría en el recitativo. En Tannhäuser lograba la mejor versión posible de La cancíon de la estrella mediante la argucia de frasearla como si fuera un lied, si bien afrontar Parsifal con voz tan lírica y mordiente poco incisivo – con unos Erbarmen! de tallas tan pequeñas – hubiera precisado de argucias similares. En Verdi traía a primer término una voz sobremanera clara, así como un centro algo escaso y falto de slancio, que él sabía compensar con su dicción pura y un muy elaborado fraseo, principios activadores que permitieron buenas muestras de sangre verdiana en Rigoletto o Don Carlo. Con todo ello reunió su inabarcable legado dieskaugráfico.

En el Konzerthaus de Viena le vi una vez fulminar con los ojos a una pareja por abandonar la sala en mitad de su concierto monográfico sobre Hans Eisler. La pareja no sufrió, pues marchaba ya de espaldas al cantante. Se fueron tranquilos a su casa sin saber que Dieskau los reconocería en cualquier parte y volvería a clavarles esa misma mirada fría, esta vez de frente, por haber profanado aquella gran música del intelecto. Así era este inmenso artista. No es más que una anécdota, pero ilustra la feroz exigencia del barítono de los sonidos aflautados y la línea de canto sin parangón.
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Rezension Diverdi Magazin N° 168 / marzo 2008 | Joaquín Martín Sagarmínaga | 1. März 2008 Dietrich Fischer-Dieskau

Dietrich Fischer-Dieskau tenía en su pasaporte artístico una doble nacionalidad: ópera y lied. Del lied fue el gran monopolista de su tiempo, liderando este campo durante muchos años, algo que casi se le reprochó cuando estaba en activo, sin que nadie pudiera negarle su altura de miras ni la grandeza incomparable de sus logros. Desconfiando de la pura belleza vocal y del sonido entendido en sí mismo, para él éstos eran só lo los medios con que desentrañar la unión profunda que hay entre una música y un texto. Entiendo que fue un ontólogo del lied, porque para él la verdadera interpretación, además de fundir la riqueza musical y poemática, revelaba también el verdadero ser de su transmisor.

Conocida era su predilección por Schubert, por Mahler, por Wolf. Son, pues, ejemplares sus ciclos Viaje invernal o La bella molinera, divididos mejor que con nadie al cincuenta por ciento con el pianista inglés Gerald Moore. Dieskau homenajeó al propio Moore a través, entre otras cosas, de una afelpada Nachtviolen que está entre lo más luminoso que alumbrara, como entre lo más oscuro se sitúa Um Mitternacht de Mahler, angustiosa deriva de un alma en pena en su noche de vela. Mahler admiraba a Wolf literalmente como autor de canciones perfectas. Dieskau abarcó veintenas de ellas, pero sobresalía en algunos Mörike: en las líneas largas y contritas de El enfermo curado en la esperanza; en la duplicación del averno que es Der Feuerreiter; en la furiosa arremetida contra las posaderas de un crítico, plena de un humor bizco, que es Despedida.

La ópera fue para él un ramal trenzado en los más variados intereses (en cristiano: que metió la nariz en todo). Con ella ganseó un poco en La flauta mágica de DG, pero a su vez, como Sprecher con otra multinacional, nos hizo pensar serenamente en Bach por su maestría en el recitativo. En Tannhäuser lograba la mejor versión posible de La cancíon de la estrella mediante la argucia de frasearla como si fuera un lied, si bien afrontar Parsifal con voz tan lírica y mordiente poco incisivo – con unos Erbarmen! de tallas tan pequeñas – hubiera precisado de argucias similares. En Verdi traía a primer término una voz sobremanera clara, así como un centro algo escaso y falto de slancio, que él sabía compensar con su dicción pura y un muy elaborado fraseo, principios activadores que permitieron buenas muestras de sangre verdiana en Rigoletto o Don Carlo. Con todo ello reunió su inabarcable legado dieskaugráfico.

En el Konzerthaus de Viena le vi una vez fulminar con los ojos a una pareja por abandonar la sala en mitad de su concierto monográfico sobre Hans Eisler. La pareja no sufrió, pues marchaba ya de espaldas al cantante. Se fueron tranquilos a su casa sin saber que Dieskau los reconocería en cualquier parte y volvería a clavarles esa misma mirada fría, esta vez de frente, por haber profanado aquella gran música del intelecto. Así era este inmenso artista. No es más que una anécdota, pero ilustra la feroz exigencia del barítono de los sonidos aflautados y la línea de canto sin parangón.
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Rezension Diverdi Magazin N° 168 / marzo 2008 | Pablo-L. Rodríguez | 1. März 2008 El camaleón del piano

Géza Anda (1921-1976) llegó a hacer planes para dirigir una Tosca de Puccini poco antes de su muerte. ¿Sorprendente? Pues no, porque Anda, además de haber sido un "trovador del piano" para Wilhelm Furtwängler o de representar el "'epítome de la elegancia pianística" para Bryce Morrison, fue ante todo un músico desconcertantemente completo cuya madurez fue drásticamente truncada por el cáncer a los 54 años. No es fácil etiquetar su arte, aunque Wolfgang Rathert lo intenta hacer en su magnífico ensayo publicado dentro de la carpetilla de estos nuevos lanzamientos de Audite: "Una extraña combinación de clasicismo, expresividad, racionalismo y obstinación". Y no es éste un mal intento, habida cuenta de la riqueza que se esconde tras sus interpretaciones de Mozart, Beethoven, Chopin, Schumann, Brahms, Liszt y (por supuesto) Bartók. Anda goza hoy de una gran consideración a pesar de que su nombre sea omitido en la mayor parte de las monografías especializadas sobre pianistas. De hecho, en las notas de los últimos lanzamientos discográficos importantes a él dedicados (The Great Pianists of the 20th Century en Philips y Géza Anda. Troubadour of the Piano en DGG) encontramos textos de Peter Cossé y Jeremy Siepmann que coinciden en muchos aspectos o acuden a la escueta nota que de Anda publica el New Grove.

En realidad, existe tan sólo una monografía sobre este gran pianista suizo de origen húngaro que fue publicada por Hans-Christian Schmidt en 1991 bajo el curioso y objetivo título de Geza Anda: Sechzehntel Sind Auch Musik! Dokumente Seines Lebens (Zúrich: Artemis & Winkler). Se trata de una recopilación de comentarios y documentos encaminada a profundizar en la filosofía interpretativa de Anda que nació bajo el auspicio del concurso pianístico trienal que lleva su nombre en la capital suiza. En ella encontramos muchas claves para entender el arte de Anda (o "su espíritu", como lo denomina Schmidt) que parten de la idea de que su concepción de la música iba más allá de los problemas técnicos de su instrumento o de las limitaciones de un repertorio concreto. De hecho, el fin último de su interpretación pretende alcanzar el nivel dialéctico para presentar un texto objetivo por medios subjetivos, y ello es lo que le permite alcanzar un perfecto dualismo (imposible para otros pianistas) entre la pasión y robustez propias de Florestán y el intimismo lírico de Eusebius en sus interpretaciones de Schumann o le ayuda a encontrar la claridad necesaria para Mozart como resultado de un acercamiento muy profundo e intelectual a este compositor, o incluso lograr el equilibrio necesario en Bartók al atender no sólo a lo escrito en sus partituras como compositor sino también a las particularidades de él como pianista.

Y es que para Anda tocar el piano era una forma de intelectualidad y de reflexión filosófica. A diferencia de otros pianistas, él no fue un niño prodigio y quizá ello le permitió concentrarse más en el enriquecimiento de su personalidad artística que en el mero fortalecimiento de sus dedos. En esto último encontraría apoyo tanto en su maestro, Ernö von Dohnanyi, como también en varios colegas mayores como Clara Haskil, Alfred Cortot o Edwin Fischer, o incluso también en el filósofo Pierre Souvchinsky. Desde luego, la principal faceta de su arte reside en la capacidad innata que alcanzó Anda para adaptar su interpretación al estilo de cada compositor, pues prácticamente nunca uno encuentra en un mismo pianista acercamientos tan válidos y profundos a compositores y estilos tan diversos.

Ciertamente, la discografía de Géza Anda ha aumentado bastante en los últimos años. Lanzamientos de Testament, Hunt, Orfeo, BBC Music, Tahra, Idis, Col legno, Archipel o Golden Melodram han engrosado la lista de sus registros fonográficos a partir de archivos radiofónicos, que se suman a sus registros oficiales para EMI, DGG y RCA disponibles hoy en su gran mayoría. Sin embargo, muy pocos sellos han reparado en lo conservado de Anda en las corporaciones radiofónicas de la antigua República Federal alemana (la NDR, WDR, SWR, SR, BR, HR y la RIAS berlinesa) o, por lo menos, desde la frustrada edición en LP dedicada a este pianista por Ariola-Eurodisc en los setenta. Audite nos redescubre la figura de Géza Anda centrándose tan sólo en uno de estos archivos, el de la Westdeutscher Rundfunk de Colonia (WDR), y publicando en cuatro entregas de dos discos un total de veintidós obras concertantes, solistas y camerísticas de Mozart, Beethoven, Brahms, Liszt, Schumann, Chopin y Bartók en su mayoría muy representativas del arte de Anda. Todos son registros inéditos en CD, realizados entre 1952 y 1969, cuya calidad va de lo aceptable a lo excelente, debido al buen estado de las cintas conservadas, a los nombres de los responsables técnicos de las mismas (en especial a Hans-Georg Daehn y a Heinz Oepen) y también a la labor de remasterización de Stephan Schmidt.

El primer volumen se dedica a Mozarr y en él encontramos cuatro conciertos muy característicos del repertorio de Anda junto a la rareza de una sinfonía interpretada bajo su dirección. En el Concierto n° 23 y la Sinfonía n° 28, Anda dirige a la Camerata Academica de Salzburgo, una formación con la que dio el salto de tocar dirigiendo en 1960, consiguiendo materializar con ellos su Mozart elegante, cantable y encantador (aderezado aquí con cadencias propias) y con la que grabó la pionera integral concertante para piano del salzburgués en los sesenta para DGG (siguiendo el ejemplo y la influencia de Edwin Fischer). No obstante, además de sus interpretaciones dirigiendo (se incluye además otra del Concierto n° 20 con la orquesta de la radio) sus colaboraciones con otros directores también fueron fructíferas, como queda patente en el mágico Andante del Concierto n° 21 dirigido por un inspiradísimo Joseph Keilberth en 1956.

El segundo volumen se consagra a Beethoven, Brahms y Liszt. Para empezar, Anda no fue un pianista especialmente beethoveniano, pues tan sólo tocó y grabó cinco sonatas y cuatro de sus conciertos (además de las Variaciones Diabelli y el Triple Concierto), aunque ello no quiere decir que su Beethoven sea menos interesante. Sin duda, entre lo más destacado de este volumen se encuentra su vienesa interpretación de su Primer concierto pianístico, tocando y dirígiendo en 1969, junto a una de las versiones más concentradas, bellas y misteriosas del Largo e mesto de Sonata n° 7, registrada en 1955. Las grabaciones intimistas de Brahms se suman a las realizadas en los cincuenta para EMI (Testament) y la gran sorpresa la encontramos en la Sonata de Liszt de 1955, que deja a un lado su registro del año anterior (Testament) y ahonda en lo narrativo, exquisito y dramático de esta música.

El tercer volumen incluye Otras dos especialidades de Anda: Schumann y Chopin. Sus versiones del primero son hoy todavía muy admiradas, especialmente por lo que tienen de mixtura entre la austeridad y objetividad clásica y la sensación de fluir continuo, de libertad, en una palabra. Al mismo tiempo, en sus interpretaciones destaca un transfondo muy polifónico y contrapuntístico, que supone llegar a Schumann y a Chopin desde Bach. En cierto modo, si en la idea de tocar y dirigir Mozart hay una clara influencia de Fischer, aquí encontramos la huella de Cortot (en todos ellos estaría también la de Haskil). Ninguna de las versiones de la Kreisleriana, los Estudios sinfónicos o el Carnaval, o de los Estudios y Preludios de Chopin, tienen nada que envidiar a sus famosos registros de los cincuenta (Testament) o los sesenta (DGG), y aquí Anda es el verdadero paradigma de un artista universal que "da cuenta de la música por sí misma", como dijo de él el filósofo Gabriel Marcel.

Finalmente, el cuarto volumen se dedica al compositor donde las interpretaciones de Anda siguen siendo más influyentes: Bela Bartók. Hoy nadie duda de que Géza Anda fue quien introdujo en el repertorio los tres conciertos pianísticos de Bartók, que tocó cientos de veces (incluso los tres en la misma velada como atestigua el impresionante concierto muniqués de 1957 publicado por Col legno) y grabó brillantemente junto a Ferenc Fricsay entre 1960 y 1961 (DGG). Pues bien, en este disco Audite publica el primer encuentro entre ambos artistas, que tuvo lugar en Salzburgo en 1952 y que se saldó con la versión más rapsódica, fresca y neoclásica del Concierto n° 2 del compositor húngaro (en los archivos de la WDR hay otro registro posterior de ambos). El resto no desmerece lo histórico de este registro, especialmente al incluir dos sorprendentes tomas camerísticos de Anda de Contrastes y de la Sonata para dos pianos y percursión realizados en 1953 en colaboración con viejos compañeros de estudios y amigos de su Hungría natal como Tibor Varga y Georg Solti. Y es que, según parece, hasta 1976 – el año de su muerte – Anda no descubrió su vocación tardía por la música de cámara, tocando en Innsbruck el Quinteto "La Trucha" de Schubert. Si a esto sumamos sus proyectos como director de orquesta está claro que su prematura muerte nos privó de Anda para rato.
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Rezension Diverdi Magazin N° 168 / marzo 2008 | Pablo-L. Rodríguez | 1. März 2008 El camaleón del piano

Géza Anda (1921-1976) llegó a hacer planes para dirigir una Tosca de Puccini poco antes de su muerte. ¿Sorprendente? Pues no, porque Anda, además de haber sido un "trovador del piano" para Wilhelm Furtwängler o de representar el "'epítome de la elegancia pianística" para Bryce Morrison, fue ante todo un músico desconcertantemente completo cuya madurez fue drásticamente truncada por el cáncer a los 54 años. No es fácil etiquetar su arte, aunque Wolfgang Rathert lo intenta hacer en su magnífico ensayo publicado dentro de la carpetilla de estos nuevos lanzamientos de Audite: "Una extraña combinación de clasicismo, expresividad, racionalismo y obstinación". Y no es éste un mal intento, habida cuenta de la riqueza que se esconde tras sus interpretaciones de Mozart, Beethoven, Chopin, Schumann, Brahms, Liszt y (por supuesto) Bartók. Anda goza hoy de una gran consideración a pesar de que su nombre sea omitido en la mayor parte de las monografías especializadas sobre pianistas. De hecho, en las notas de los últimos lanzamientos discográficos importantes a él dedicados (The Great Pianists of the 20th Century en Philips y Géza Anda. Troubadour of the Piano en DGG) encontramos textos de Peter Cossé y Jeremy Siepmann que coinciden en muchos aspectos o acuden a la escueta nota que de Anda publica el New Grove.

En realidad, existe tan sólo una monografía sobre este gran pianista suizo de origen húngaro que fue publicada por Hans-Christian Schmidt en 1991 bajo el curioso y objetivo título de Geza Anda: Sechzehntel Sind Auch Musik! Dokumente Seines Lebens (Zúrich: Artemis & Winkler). Se trata de una recopilación de comentarios y documentos encaminada a profundizar en la filosofía interpretativa de Anda que nació bajo el auspicio del concurso pianístico trienal que lleva su nombre en la capital suiza. En ella encontramos muchas claves para entender el arte de Anda (o "su espíritu", como lo denomina Schmidt) que parten de la idea de que su concepción de la música iba más allá de los problemas técnicos de su instrumento o de las limitaciones de un repertorio concreto. De hecho, el fin último de su interpretación pretende alcanzar el nivel dialéctico para presentar un texto objetivo por medios subjetivos, y ello es lo que le permite alcanzar un perfecto dualismo (imposible para otros pianistas) entre la pasión y robustez propias de Florestán y el intimismo lírico de Eusebius en sus interpretaciones de Schumann o le ayuda a encontrar la claridad necesaria para Mozart como resultado de un acercamiento muy profundo e intelectual a este compositor, o incluso lograr el equilibrio necesario en Bartók al atender no sólo a lo escrito en sus partituras como compositor sino también a las particularidades de él como pianista.

Y es que para Anda tocar el piano era una forma de intelectualidad y de reflexión filosófica. A diferencia de otros pianistas, él no fue un niño prodigio y quizá ello le permitió concentrarse más en el enriquecimiento de su personalidad artística que en el mero fortalecimiento de sus dedos. En esto último encontraría apoyo tanto en su maestro, Ernö von Dohnanyi, como también en varios colegas mayores como Clara Haskil, Alfred Cortot o Edwin Fischer, o incluso también en el filósofo Pierre Souvchinsky. Desde luego, la principal faceta de su arte reside en la capacidad innata que alcanzó Anda para adaptar su interpretación al estilo de cada compositor, pues prácticamente nunca uno encuentra en un mismo pianista acercamientos tan válidos y profundos a compositores y estilos tan diversos.

Ciertamente, la discografía de Géza Anda ha aumentado bastante en los últimos años. Lanzamientos de Testament, Hunt, Orfeo, BBC Music, Tahra, Idis, Col legno, Archipel o Golden Melodram han engrosado la lista de sus registros fonográficos a partir de archivos radiofónicos, que se suman a sus registros oficiales para EMI, DGG y RCA disponibles hoy en su gran mayoría. Sin embargo, muy pocos sellos han reparado en lo conservado de Anda en las corporaciones radiofónicas de la antigua República Federal alemana (la NDR, WDR, SWR, SR, BR, HR y la RIAS berlinesa) o, por lo menos, desde la frustrada edición en LP dedicada a este pianista por Ariola-Eurodisc en los setenta. Audite nos redescubre la figura de Géza Anda centrándose tan sólo en uno de estos archivos, el de la Westdeutscher Rundfunk de Colonia (WDR), y publicando en cuatro entregas de dos discos un total de veintidós obras concertantes, solistas y camerísticas de Mozart, Beethoven, Brahms, Liszt, Schumann, Chopin y Bartók en su mayoría muy representativas del arte de Anda. Todos son registros inéditos en CD, realizados entre 1952 y 1969, cuya calidad va de lo aceptable a lo excelente, debido al buen estado de las cintas conservadas, a los nombres de los responsables técnicos de las mismas (en especial a Hans-Georg Daehn y a Heinz Oepen) y también a la labor de remasterización de Stephan Schmidt.

El primer volumen se dedica a Mozarr y en él encontramos cuatro conciertos muy característicos del repertorio de Anda junto a la rareza de una sinfonía interpretada bajo su dirección. En el Concierto n° 23 y la Sinfonía n° 28, Anda dirige a la Camerata Academica de Salzburgo, una formación con la que dio el salto de tocar dirigiendo en 1960, consiguiendo materializar con ellos su Mozart elegante, cantable y encantador (aderezado aquí con cadencias propias) y con la que grabó la pionera integral concertante para piano del salzburgués en los sesenta para DGG (siguiendo el ejemplo y la influencia de Edwin Fischer). No obstante, además de sus interpretaciones dirigiendo (se incluye además otra del Concierto n° 20 con la orquesta de la radio) sus colaboraciones con otros directores también fueron fructíferas, como queda patente en el mágico Andante del Concierto n° 21 dirigido por un inspiradísimo Joseph Keilberth en 1956.

El segundo volumen se consagra a Beethoven, Brahms y Liszt. Para empezar, Anda no fue un pianista especialmente beethoveniano, pues tan sólo tocó y grabó cinco sonatas y cuatro de sus conciertos (además de las Variaciones Diabelli y el Triple Concierto), aunque ello no quiere decir que su Beethoven sea menos interesante. Sin duda, entre lo más destacado de este volumen se encuentra su vienesa interpretación de su Primer concierto pianístico, tocando y dirígiendo en 1969, junto a una de las versiones más concentradas, bellas y misteriosas del Largo e mesto de Sonata n° 7, registrada en 1955. Las grabaciones intimistas de Brahms se suman a las realizadas en los cincuenta para EMI (Testament) y la gran sorpresa la encontramos en la Sonata de Liszt de 1955, que deja a un lado su registro del año anterior (Testament) y ahonda en lo narrativo, exquisito y dramático de esta música.

El tercer volumen incluye Otras dos especialidades de Anda: Schumann y Chopin. Sus versiones del primero son hoy todavía muy admiradas, especialmente por lo que tienen de mixtura entre la austeridad y objetividad clásica y la sensación de fluir continuo, de libertad, en una palabra. Al mismo tiempo, en sus interpretaciones destaca un transfondo muy polifónico y contrapuntístico, que supone llegar a Schumann y a Chopin desde Bach. En cierto modo, si en la idea de tocar y dirigir Mozart hay una clara influencia de Fischer, aquí encontramos la huella de Cortot (en todos ellos estaría también la de Haskil). Ninguna de las versiones de la Kreisleriana, los Estudios sinfónicos o el Carnaval, o de los Estudios y Preludios de Chopin, tienen nada que envidiar a sus famosos registros de los cincuenta (Testament) o los sesenta (DGG), y aquí Anda es el verdadero paradigma de un artista universal que "da cuenta de la música por sí misma", como dijo de él el filósofo Gabriel Marcel.

Finalmente, el cuarto volumen se dedica al compositor donde las interpretaciones de Anda siguen siendo más influyentes: Bela Bartók. Hoy nadie duda de que Géza Anda fue quien introdujo en el repertorio los tres conciertos pianísticos de Bartók, que tocó cientos de veces (incluso los tres en la misma velada como atestigua el impresionante concierto muniqués de 1957 publicado por Col legno) y grabó brillantemente junto a Ferenc Fricsay entre 1960 y 1961 (DGG). Pues bien, en este disco Audite publica el primer encuentro entre ambos artistas, que tuvo lugar en Salzburgo en 1952 y que se saldó con la versión más rapsódica, fresca y neoclásica del Concierto n° 2 del compositor húngaro (en los archivos de la WDR hay otro registro posterior de ambos). El resto no desmerece lo histórico de este registro, especialmente al incluir dos sorprendentes tomas camerísticos de Anda de Contrastes y de la Sonata para dos pianos y percursión realizados en 1953 en colaboración con viejos compañeros de estudios y amigos de su Hungría natal como Tibor Varga y Georg Solti. Y es que, según parece, hasta 1976 – el año de su muerte – Anda no descubrió su vocación tardía por la música de cámara, tocando en Innsbruck el Quinteto "La Trucha" de Schubert. Si a esto sumamos sus proyectos como director de orquesta está claro que su prematura muerte nos privó de Anda para rato.
Diverdi Magazin

Rezension Diverdi Magazin N° 168 / marzo 2008 | Pablo-L. Rodríguez | 1. März 2008 El camaleón del piano

Géza Anda (1921-1976) llegó a hacer planes para dirigir una Tosca de Puccini poco antes de su muerte. ¿Sorprendente? Pues no, porque Anda, además de haber sido un "trovador del piano" para Wilhelm Furtwängler o de representar el "'epítome de la elegancia pianística" para Bryce Morrison, fue ante todo un músico desconcertantemente completo cuya madurez fue drásticamente truncada por el cáncer a los 54 años. No es fácil etiquetar su arte, aunque Wolfgang Rathert lo intenta hacer en su magnífico ensayo publicado dentro de la carpetilla de estos nuevos lanzamientos de Audite: "Una extraña combinación de clasicismo, expresividad, racionalismo y obstinación". Y no es éste un mal intento, habida cuenta de la riqueza que se esconde tras sus interpretaciones de Mozart, Beethoven, Chopin, Schumann, Brahms, Liszt y (por supuesto) Bartók. Anda goza hoy de una gran consideración a pesar de que su nombre sea omitido en la mayor parte de las monografías especializadas sobre pianistas. De hecho, en las notas de los últimos lanzamientos discográficos importantes a él dedicados (The Great Pianists of the 20th Century en Philips y Géza Anda. Troubadour of the Piano en DGG) encontramos textos de Peter Cossé y Jeremy Siepmann que coinciden en muchos aspectos o acuden a la escueta nota que de Anda publica el New Grove.

En realidad, existe tan sólo una monografía sobre este gran pianista suizo de origen húngaro que fue publicada por Hans-Christian Schmidt en 1991 bajo el curioso y objetivo título de Geza Anda: Sechzehntel Sind Auch Musik! Dokumente Seines Lebens (Zúrich: Artemis & Winkler). Se trata de una recopilación de comentarios y documentos encaminada a profundizar en la filosofía interpretativa de Anda que nació bajo el auspicio del concurso pianístico trienal que lleva su nombre en la capital suiza. En ella encontramos muchas claves para entender el arte de Anda (o "su espíritu", como lo denomina Schmidt) que parten de la idea de que su concepción de la música iba más allá de los problemas técnicos de su instrumento o de las limitaciones de un repertorio concreto. De hecho, el fin último de su interpretación pretende alcanzar el nivel dialéctico para presentar un texto objetivo por medios subjetivos, y ello es lo que le permite alcanzar un perfecto dualismo (imposible para otros pianistas) entre la pasión y robustez propias de Florestán y el intimismo lírico de Eusebius en sus interpretaciones de Schumann o le ayuda a encontrar la claridad necesaria para Mozart como resultado de un acercamiento muy profundo e intelectual a este compositor, o incluso lograr el equilibrio necesario en Bartók al atender no sólo a lo escrito en sus partituras como compositor sino también a las particularidades de él como pianista.

Y es que para Anda tocar el piano era una forma de intelectualidad y de reflexión filosófica. A diferencia de otros pianistas, él no fue un niño prodigio y quizá ello le permitió concentrarse más en el enriquecimiento de su personalidad artística que en el mero fortalecimiento de sus dedos. En esto último encontraría apoyo tanto en su maestro, Ernö von Dohnanyi, como también en varios colegas mayores como Clara Haskil, Alfred Cortot o Edwin Fischer, o incluso también en el filósofo Pierre Souvchinsky. Desde luego, la principal faceta de su arte reside en la capacidad innata que alcanzó Anda para adaptar su interpretación al estilo de cada compositor, pues prácticamente nunca uno encuentra en un mismo pianista acercamientos tan válidos y profundos a compositores y estilos tan diversos.

Ciertamente, la discografía de Géza Anda ha aumentado bastante en los últimos años. Lanzamientos de Testament, Hunt, Orfeo, BBC Music, Tahra, Idis, Col legno, Archipel o Golden Melodram han engrosado la lista de sus registros fonográficos a partir de archivos radiofónicos, que se suman a sus registros oficiales para EMI, DGG y RCA disponibles hoy en su gran mayoría. Sin embargo, muy pocos sellos han reparado en lo conservado de Anda en las corporaciones radiofónicas de la antigua República Federal alemana (la NDR, WDR, SWR, SR, BR, HR y la RIAS berlinesa) o, por lo menos, desde la frustrada edición en LP dedicada a este pianista por Ariola-Eurodisc en los setenta. Audite nos redescubre la figura de Géza Anda centrándose tan sólo en uno de estos archivos, el de la Westdeutscher Rundfunk de Colonia (WDR), y publicando en cuatro entregas de dos discos un total de veintidós obras concertantes, solistas y camerísticas de Mozart, Beethoven, Brahms, Liszt, Schumann, Chopin y Bartók en su mayoría muy representativas del arte de Anda. Todos son registros inéditos en CD, realizados entre 1952 y 1969, cuya calidad va de lo aceptable a lo excelente, debido al buen estado de las cintas conservadas, a los nombres de los responsables técnicos de las mismas (en especial a Hans-Georg Daehn y a Heinz Oepen) y también a la labor de remasterización de Stephan Schmidt.

El primer volumen se dedica a Mozarr y en él encontramos cuatro conciertos muy característicos del repertorio de Anda junto a la rareza de una sinfonía interpretada bajo su dirección. En el Concierto n° 23 y la Sinfonía n° 28, Anda dirige a la Camerata Academica de Salzburgo, una formación con la que dio el salto de tocar dirigiendo en 1960, consiguiendo materializar con ellos su Mozart elegante, cantable y encantador (aderezado aquí con cadencias propias) y con la que grabó la pionera integral concertante para piano del salzburgués en los sesenta para DGG (siguiendo el ejemplo y la influencia de Edwin Fischer). No obstante, además de sus interpretaciones dirigiendo (se incluye además otra del Concierto n° 20 con la orquesta de la radio) sus colaboraciones con otros directores también fueron fructíferas, como queda patente en el mágico Andante del Concierto n° 21 dirigido por un inspiradísimo Joseph Keilberth en 1956.

El segundo volumen se consagra a Beethoven, Brahms y Liszt. Para empezar, Anda no fue un pianista especialmente beethoveniano, pues tan sólo tocó y grabó cinco sonatas y cuatro de sus conciertos (además de las Variaciones Diabelli y el Triple Concierto), aunque ello no quiere decir que su Beethoven sea menos interesante. Sin duda, entre lo más destacado de este volumen se encuentra su vienesa interpretación de su Primer concierto pianístico, tocando y dirígiendo en 1969, junto a una de las versiones más concentradas, bellas y misteriosas del Largo e mesto de Sonata n° 7, registrada en 1955. Las grabaciones intimistas de Brahms se suman a las realizadas en los cincuenta para EMI (Testament) y la gran sorpresa la encontramos en la Sonata de Liszt de 1955, que deja a un lado su registro del año anterior (Testament) y ahonda en lo narrativo, exquisito y dramático de esta música.

El tercer volumen incluye Otras dos especialidades de Anda: Schumann y Chopin. Sus versiones del primero son hoy todavía muy admiradas, especialmente por lo que tienen de mixtura entre la austeridad y objetividad clásica y la sensación de fluir continuo, de libertad, en una palabra. Al mismo tiempo, en sus interpretaciones destaca un transfondo muy polifónico y contrapuntístico, que supone llegar a Schumann y a Chopin desde Bach. En cierto modo, si en la idea de tocar y dirigir Mozart hay una clara influencia de Fischer, aquí encontramos la huella de Cortot (en todos ellos estaría también la de Haskil). Ninguna de las versiones de la Kreisleriana, los Estudios sinfónicos o el Carnaval, o de los Estudios y Preludios de Chopin, tienen nada que envidiar a sus famosos registros de los cincuenta (Testament) o los sesenta (DGG), y aquí Anda es el verdadero paradigma de un artista universal que "da cuenta de la música por sí misma", como dijo de él el filósofo Gabriel Marcel.

Finalmente, el cuarto volumen se dedica al compositor donde las interpretaciones de Anda siguen siendo más influyentes: Bela Bartók. Hoy nadie duda de que Géza Anda fue quien introdujo en el repertorio los tres conciertos pianísticos de Bartók, que tocó cientos de veces (incluso los tres en la misma velada como atestigua el impresionante concierto muniqués de 1957 publicado por Col legno) y grabó brillantemente junto a Ferenc Fricsay entre 1960 y 1961 (DGG). Pues bien, en este disco Audite publica el primer encuentro entre ambos artistas, que tuvo lugar en Salzburgo en 1952 y que se saldó con la versión más rapsódica, fresca y neoclásica del Concierto n° 2 del compositor húngaro (en los archivos de la WDR hay otro registro posterior de ambos). El resto no desmerece lo histórico de este registro, especialmente al incluir dos sorprendentes tomas camerísticos de Anda de Contrastes y de la Sonata para dos pianos y percursión realizados en 1953 en colaboración con viejos compañeros de estudios y amigos de su Hungría natal como Tibor Varga y Georg Solti. Y es que, según parece, hasta 1976 – el año de su muerte – Anda no descubrió su vocación tardía por la música de cámara, tocando en Innsbruck el Quinteto "La Trucha" de Schubert. Si a esto sumamos sus proyectos como director de orquesta está claro que su prematura muerte nos privó de Anda para rato.
Diverdi Magazin

Rezension Diverdi Magazin N° 168 / marzo 2008 | Pablo-L. Rodríguez | 1. März 2008 El camaleón del piano

Géza Anda (1921-1976) llegó a hacer planes para dirigir una Tosca de Puccini poco antes de su muerte. ¿Sorprendente? Pues no, porque Anda, además de haber sido un "trovador del piano" para Wilhelm Furtwängler o de representar el "'epítome de la elegancia pianística" para Bryce Morrison, fue ante todo un músico desconcertantemente completo cuya madurez fue drásticamente truncada por el cáncer a los 54 años. No es fácil etiquetar su arte, aunque Wolfgang Rathert lo intenta hacer en su magnífico ensayo publicado dentro de la carpetilla de estos nuevos lanzamientos de Audite: "Una extraña combinación de clasicismo, expresividad, racionalismo y obstinación". Y no es éste un mal intento, habida cuenta de la riqueza que se esconde tras sus interpretaciones de Mozart, Beethoven, Chopin, Schumann, Brahms, Liszt y (por supuesto) Bartók. Anda goza hoy de una gran consideración a pesar de que su nombre sea omitido en la mayor parte de las monografías especializadas sobre pianistas. De hecho, en las notas de los últimos lanzamientos discográficos importantes a él dedicados (The Great Pianists of the 20th Century en Philips y Géza Anda. Troubadour of the Piano en DGG) encontramos textos de Peter Cossé y Jeremy Siepmann que coinciden en muchos aspectos o acuden a la escueta nota que de Anda publica el New Grove.

En realidad, existe tan sólo una monografía sobre este gran pianista suizo de origen húngaro que fue publicada por Hans-Christian Schmidt en 1991 bajo el curioso y objetivo título de Geza Anda: Sechzehntel Sind Auch Musik! Dokumente Seines Lebens (Zúrich: Artemis & Winkler). Se trata de una recopilación de comentarios y documentos encaminada a profundizar en la filosofía interpretativa de Anda que nació bajo el auspicio del concurso pianístico trienal que lleva su nombre en la capital suiza. En ella encontramos muchas claves para entender el arte de Anda (o "su espíritu", como lo denomina Schmidt) que parten de la idea de que su concepción de la música iba más allá de los problemas técnicos de su instrumento o de las limitaciones de un repertorio concreto. De hecho, el fin último de su interpretación pretende alcanzar el nivel dialéctico para presentar un texto objetivo por medios subjetivos, y ello es lo que le permite alcanzar un perfecto dualismo (imposible para otros pianistas) entre la pasión y robustez propias de Florestán y el intimismo lírico de Eusebius en sus interpretaciones de Schumann o le ayuda a encontrar la claridad necesaria para Mozart como resultado de un acercamiento muy profundo e intelectual a este compositor, o incluso lograr el equilibrio necesario en Bartók al atender no sólo a lo escrito en sus partituras como compositor sino también a las particularidades de él como pianista.

Y es que para Anda tocar el piano era una forma de intelectualidad y de reflexión filosófica. A diferencia de otros pianistas, él no fue un niño prodigio y quizá ello le permitió concentrarse más en el enriquecimiento de su personalidad artística que en el mero fortalecimiento de sus dedos. En esto último encontraría apoyo tanto en su maestro, Ernö von Dohnanyi, como también en varios colegas mayores como Clara Haskil, Alfred Cortot o Edwin Fischer, o incluso también en el filósofo Pierre Souvchinsky. Desde luego, la principal faceta de su arte reside en la capacidad innata que alcanzó Anda para adaptar su interpretación al estilo de cada compositor, pues prácticamente nunca uno encuentra en un mismo pianista acercamientos tan válidos y profundos a compositores y estilos tan diversos.

Ciertamente, la discografía de Géza Anda ha aumentado bastante en los últimos años. Lanzamientos de Testament, Hunt, Orfeo, BBC Music, Tahra, Idis, Col legno, Archipel o Golden Melodram han engrosado la lista de sus registros fonográficos a partir de archivos radiofónicos, que se suman a sus registros oficiales para EMI, DGG y RCA disponibles hoy en su gran mayoría. Sin embargo, muy pocos sellos han reparado en lo conservado de Anda en las corporaciones radiofónicas de la antigua República Federal alemana (la NDR, WDR, SWR, SR, BR, HR y la RIAS berlinesa) o, por lo menos, desde la frustrada edición en LP dedicada a este pianista por Ariola-Eurodisc en los setenta. Audite nos redescubre la figura de Géza Anda centrándose tan sólo en uno de estos archivos, el de la Westdeutscher Rundfunk de Colonia (WDR), y publicando en cuatro entregas de dos discos un total de veintidós obras concertantes, solistas y camerísticas de Mozart, Beethoven, Brahms, Liszt, Schumann, Chopin y Bartók en su mayoría muy representativas del arte de Anda. Todos son registros inéditos en CD, realizados entre 1952 y 1969, cuya calidad va de lo aceptable a lo excelente, debido al buen estado de las cintas conservadas, a los nombres de los responsables técnicos de las mismas (en especial a Hans-Georg Daehn y a Heinz Oepen) y también a la labor de remasterización de Stephan Schmidt.

El primer volumen se dedica a Mozarr y en él encontramos cuatro conciertos muy característicos del repertorio de Anda junto a la rareza de una sinfonía interpretada bajo su dirección. En el Concierto n° 23 y la Sinfonía n° 28, Anda dirige a la Camerata Academica de Salzburgo, una formación con la que dio el salto de tocar dirigiendo en 1960, consiguiendo materializar con ellos su Mozart elegante, cantable y encantador (aderezado aquí con cadencias propias) y con la que grabó la pionera integral concertante para piano del salzburgués en los sesenta para DGG (siguiendo el ejemplo y la influencia de Edwin Fischer). No obstante, además de sus interpretaciones dirigiendo (se incluye además otra del Concierto n° 20 con la orquesta de la radio) sus colaboraciones con otros directores también fueron fructíferas, como queda patente en el mágico Andante del Concierto n° 21 dirigido por un inspiradísimo Joseph Keilberth en 1956.

El segundo volumen se consagra a Beethoven, Brahms y Liszt. Para empezar, Anda no fue un pianista especialmente beethoveniano, pues tan sólo tocó y grabó cinco sonatas y cuatro de sus conciertos (además de las Variaciones Diabelli y el Triple Concierto), aunque ello no quiere decir que su Beethoven sea menos interesante. Sin duda, entre lo más destacado de este volumen se encuentra su vienesa interpretación de su Primer concierto pianístico, tocando y dirígiendo en 1969, junto a una de las versiones más concentradas, bellas y misteriosas del Largo e mesto de Sonata n° 7, registrada en 1955. Las grabaciones intimistas de Brahms se suman a las realizadas en los cincuenta para EMI (Testament) y la gran sorpresa la encontramos en la Sonata de Liszt de 1955, que deja a un lado su registro del año anterior (Testament) y ahonda en lo narrativo, exquisito y dramático de esta música.

El tercer volumen incluye Otras dos especialidades de Anda: Schumann y Chopin. Sus versiones del primero son hoy todavía muy admiradas, especialmente por lo que tienen de mixtura entre la austeridad y objetividad clásica y la sensación de fluir continuo, de libertad, en una palabra. Al mismo tiempo, en sus interpretaciones destaca un transfondo muy polifónico y contrapuntístico, que supone llegar a Schumann y a Chopin desde Bach. En cierto modo, si en la idea de tocar y dirigir Mozart hay una clara influencia de Fischer, aquí encontramos la huella de Cortot (en todos ellos estaría también la de Haskil). Ninguna de las versiones de la Kreisleriana, los Estudios sinfónicos o el Carnaval, o de los Estudios y Preludios de Chopin, tienen nada que envidiar a sus famosos registros de los cincuenta (Testament) o los sesenta (DGG), y aquí Anda es el verdadero paradigma de un artista universal que "da cuenta de la música por sí misma", como dijo de él el filósofo Gabriel Marcel.

Finalmente, el cuarto volumen se dedica al compositor donde las interpretaciones de Anda siguen siendo más influyentes: Bela Bartók. Hoy nadie duda de que Géza Anda fue quien introdujo en el repertorio los tres conciertos pianísticos de Bartók, que tocó cientos de veces (incluso los tres en la misma velada como atestigua el impresionante concierto muniqués de 1957 publicado por Col legno) y grabó brillantemente junto a Ferenc Fricsay entre 1960 y 1961 (DGG). Pues bien, en este disco Audite publica el primer encuentro entre ambos artistas, que tuvo lugar en Salzburgo en 1952 y que se saldó con la versión más rapsódica, fresca y neoclásica del Concierto n° 2 del compositor húngaro (en los archivos de la WDR hay otro registro posterior de ambos). El resto no desmerece lo histórico de este registro, especialmente al incluir dos sorprendentes tomas camerísticos de Anda de Contrastes y de la Sonata para dos pianos y percursión realizados en 1953 en colaboración con viejos compañeros de estudios y amigos de su Hungría natal como Tibor Varga y Georg Solti. Y es que, según parece, hasta 1976 – el año de su muerte – Anda no descubrió su vocación tardía por la música de cámara, tocando en Innsbruck el Quinteto "La Trucha" de Schubert. Si a esto sumamos sus proyectos como director de orquesta está claro que su prematura muerte nos privó de Anda para rato.
Das Opernglas

Rezension Das Opernglas April 2012 | J. Gahre | 1. April 2012 CD-SPECIAL

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Classical Recordings Quarterly

Rezension Classical Recordings Quarterly Spring 2011 | Norbert Hornig | 1. März 2011 continental report

The Audite label is very busy in releasing new remastered tapes from German broadcast companies, and has enlarged its discography of the great Hungarian conductor Ferenc Fricsay. "Ferenc Fricsay conducts Béla Bartók" is the title of a three CD-set which comprises his complete early Bartók recordings for RIAS Berlin, taped at the Jesus-Christus-Kirche and live at the Titania-Palast between 1950-53. Fricsay was one of the most impressive conductors of Bartók's music, and his DG recordings of it are famous. These RIAS recordings complete the picture of Fricsay as a Bartók interpreter. The edition comprises the Violin Concerto No. 2, Deux Portraits, Op. 5, Cantata profana (with the young Dietrich Fischer-Dieskau), Music for Strings, Percussion and Celesta, Dance Suite, Divertimento for Strings, Rhapsody for Piano and Orchestra and the Piano Concertos No. 2 and No. 3. The soloists are mainly artists from Hungary: violinist Tibor Varga, the pianists Andor Foldes, Geza Anda and Louis Kentner (CD 21.407). [A full review of this issue will appear in the Summer issue. Ed.]

Another release from Audite is very special: a live recording of Stravinsky's rarely performed Persephone (a melodrama in three parts for reciter, vocal soloist, double chorus and orchestra). Stravinsky composed Perséphone in 1933-34. The performance on Audite took place in 1960 at the Frankfurt Funkhaus, and the tape is from the archives of the Hessischer Rundfunk (Hessian Radio). Dean Dixon conducts the Symphony Orchestra of the Hessischer Rundfunk and, quite sensationally, Fritz Wunderlich sings the tenor role, for only one time in his life. So this live recording is a collector's item for all Wunderlich fans. The actress Doris Schade was perfectly cast as Perséphone (CD 95.619).
Classical Recordings Quarterly

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Another release from Audite is very special: a live recording of Stravinsky's rarely performed Persephone (a melodrama in three parts for reciter, vocal soloist, double chorus and orchestra). Stravinsky composed Perséphone in 1933-34. The performance on Audite took place in 1960 at the Frankfurt Funkhaus, and the tape is from the archives of the Hessischer Rundfunk (Hessian Radio). Dean Dixon conducts the Symphony Orchestra of the Hessischer Rundfunk and, quite sensationally, Fritz Wunderlich sings the tenor role, for only one time in his life. So this live recording is a collector's item for all Wunderlich fans. The actress Doris Schade was perfectly cast as Perséphone (CD 95.619).

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