Aunque nacida en Temesvar, hoy Timisoara (Rumanía), Johanna Martzy fue, en el siglo XX, unas de las representantes más notables de la escuela húngara de violín. Cuando era apenas una niña entró en la Academia Franz Liszt de Budapest por decisión expresa de Jenö Hubay, con quien estudió hasta el fallecimiento del maestro en 1937. A los 13 años, Martzy realizó una gira por Hungría y Rumanía, pero la guerra detuvo su actividad. En 1947 fijó su residencia en Suiza y ganó el primer premio del Concurso Internacional de Ginebra. A partir de entonces su carrera continuó con toda brillantez hasta que, a partir de 1967, se fue apagando poco a poco, en gran medida a causa de las graves enfermedades que sufrió.
Su discografía para EMI, muy valiosa, ha sido recuperada parcialmente (Bach, Schubert) por Testament, y DG ha rescatado otras grabaciones suyas, pero buena parte de ellas son desconocidas para el aficionado actual. Este doble álbum AUDITE ofrece registros de muy buena calidad técnica, realizados por la RIAS de Berlín entre 1953 y 1966: obras de cámara, el Concierto de Dvorak y algunas miniaturas. Una vez más se confirma que Martzy fue una violinista de alta escuela: bello sonido, limpio, cálido y bien proyectado, técnica muy segura, ajena a alardes virtuosistas, afinación intachable y –cualidad rara hoy día- una fuerte personalidad, que dota a sus ejecuciones de un vigor interno y un carácter que las mantiene vivas para el oyente actual, con independencia de modas o maneras de época, cosa que no han logrado las de otros violinistas de entonces (un solo ejemplo: Mischa Elman). Martzy fue plenamente merecedora del decidido apoyo de Walter Legge a comienzos de los años 50; solo la posterior contratación por EMI de nombres fuera de serie como Oistraj y Kogan le retiraron a Martzy el favor de Legge, aunque también se han aducido motivos extramusicales.
Del programa ofrecido por AUDITE, los registros que más acusan el paso de los años son la Sonata de Haendel y la de Vivaldi en arreglo de Respighi, aunque la colaboración del pianista Jean Antonietti en ambas es correcta. Los resultados son mejores en la Primera Sonata de Brahms, opus 78: Martzy da una versión muy lírica, delicada y elegante, de auténtico sabor brahmsiano; con un pianista más poético, la versión hubiera sido redonda. La Primera Sonata a solo de Bach, BWV1001 en sol menor, atrae por su vigorosa realización, llena de autoridad y radiante de luz, con una fuga de nítida construcción. Por supuesto, el vibrato es intenso, pero Martzy defiende su enfoque con pleno acierto. Muy hermoso el Concierto en la menor de Dvorak: el registro monoaural que propone AUDITE es coetáneo del publicado en su día por DG. La apasionada solista muestra una profunda afinidad con la música de Dvorak y la orquesta RIAS responde admirablemente a la encendida batuta de Fricsay: una de las muy buenas versiones de esta bella obra, con un precioso tiempo lento. Por último, los cuatro bises o miniaturas bastarían para acreditar la muy elevada talla artística de Johanna Martzy: en cualquiera de ellas, y en unos pocos minutos, Martzy demuestra su excepcional calidad de sonido y su talento innato para amoldarlo al carácter de cada obra, que brilla como una pequeña joya, sea la bellísima Berceuse de Ravel, el encantador Rondino de Kreisler o la sensual Danza de La Vida Breve, transcrita por Kreisler. Un perfecto homenaje a una gran artista que merece ser recordada.