Rezension
Diverdi Magazin n°214 (mayo 2012) | Blas Matamoro | May 1, 2012
Una pareja bien avenida
La redonda, estricta y mixturadamente sensual/heroica sonoridad del clarinete ha venido seduciendo a los músicos, al menos desde el rococó. Canta con los románticos, se queja con los expresionistas, hace un poco de todo en el jazz, coopta a los neopopulistas interbélicos, en fin: se las arregla para protagonizar momentos de lo sinfónico y confidencias de cámara.
Este programa dei dúo clarinete-piano lo muestra con una astuta conformación de su contenido. A las piececitas Biedermeier de Schumann, a quien imaginamos tocándolas con sus amigos, entre ponches de coñac y vaharadas de pipas, se suma fácilmente la rapsodia debussyana, ya que el músico francés - recúrrase a sus preludios para piano - debe a Schumann, y reconocidamente, el gusto por el fragmento, la ráfaga, esa música que viene de algún lado y se escapa hacia otro lado, como quiere Roland Barthes.
Luego tenemos a Saint-Saens, maestro como pocos en saber escribir para cualquier instrumento, cualquier combinación, cualquier formación, siempre con su cautela redaccional, su fraseo de burguesa elegancia, su pudor sentimental y su gusto por la melodía como canto, co mo ilación de una sola voz. De alguna manera, Poulenc es el don Camilo deI siglo XX, devoto de la finura armónica, capaz de voluptuosidades melancólicas y de melancolías voluptuosas, mezcladas con evocaciones del jazz y mínimas fanfarrias de barracón ferial.
Pero la sorpresa es la sonatina de Malcolm Arnold, con un andantino de recatado canto entre dos efusiones bailables. Es la estética temperamental de un inglés, esa mezcla armoniosa de la genteel tradition, de la cortesía ceremonial y su alta dosis de cautela, con el otro extremo del alma inglesa: la extravagancia, lo insular, mirar a lo lejos en el mar y de espaldas al macizo continente.