Rezension Diverdi Magazin Heft Nr. 159 - Mai 2007 | Blas Matamoro | May 1, 2007 La sinceridad de Richard Franck
Nacido en una familia de banqueros cultos, los Franck de Breslau, Richard (1858-1938) gozó con la tradición señorial de una casa vi itada por Schumann, Chopin, Wagner, Heine y tantos otros protagonistas culturales del romanticismo. Su padre Eduard fue alumno de Mendelssohn y él compartió estudios, entre otros, con Reinecke. Destacó al piano, dando conciertos como solista y en conjuntos de cámara. Asimismo, subió al podio sinfónico.
Su obra recorre variedad de géneros pero el instrumento que fue su querencia ocupa en ella un lugar de privilegio, tanto solo como integrando conjuntos, tales los que aparecen en este compacto. Si hubiera que señalar una virtud decisiva en su música, habría que repetir la que hallaron en ella colegas y críticos: su sinceridad, su franqueza. Supo defenderse, por así decirlo, de las turbulencias estéticas que le tocó presenciar, cultivando una fidelidad destilada al tardío romanticismo de sus primeros años. Renunció, en cambio, a la repetición escolar y consabida de los grandes ejemplos. No faltó, como consecuencia, a su tarea, un elemento personal que se añade a la herencia del cuarteto para piano y arcos que luce en el siglo XIX (Schumann, Brahms, Dvorák, sin ir más lejos): su melodismo desenvuelto y fresco, que hace cantar, en alternancia, a los arcos y al teclado, sin alterar la estructura consabida de las obras. Aun en el llamado Cuarteto en un solo movimiento del opus 41, la forma cuatripartita, reducida y concentrada, se respeta de modo leal.
La obra de este Franck muestra cómo el talento imaginativo de un compositor puede valerse de utensilios reconocidos y heredados, sin perder por ello la libertad y la espontaneidad de sus ocurrencias.
Su obra recorre variedad de géneros pero el instrumento que fue su querencia ocupa en ella un lugar de privilegio, tanto solo como integrando conjuntos, tales los que aparecen en este compacto. Si hubiera que señalar una virtud decisiva en su música, habría que repetir la que hallaron en ella colegas y críticos: su sinceridad, su franqueza. Supo defenderse, por así decirlo, de las turbulencias estéticas que le tocó presenciar, cultivando una fidelidad destilada al tardío romanticismo de sus primeros años. Renunció, en cambio, a la repetición escolar y consabida de los grandes ejemplos. No faltó, como consecuencia, a su tarea, un elemento personal que se añade a la herencia del cuarteto para piano y arcos que luce en el siglo XIX (Schumann, Brahms, Dvorák, sin ir más lejos): su melodismo desenvuelto y fresco, que hace cantar, en alternancia, a los arcos y al teclado, sin alterar la estructura consabida de las obras. Aun en el llamado Cuarteto en un solo movimiento del opus 41, la forma cuatripartita, reducida y concentrada, se respeta de modo leal.
La obra de este Franck muestra cómo el talento imaginativo de un compositor puede valerse de utensilios reconocidos y heredados, sin perder por ello la libertad y la espontaneidad de sus ocurrencias.