Rezension
Diverdi Magazin 202/abril 2011 | Santiago Salaverri | 1. April 2011
... y el mármol se hizo carne
¿A qué género adscribir Perséphone (1934), tercera de las obras de la "tetralogía griega" del Stravinski neoclásico, tras Oedipus Rex y Apollon Musagète y antes de Orpheus? ¿Melodrama? ¿ballet? ¿oratorio? De todo tiene esta obra singular que en su versión escénica original hace uso de recitadora, tenor, coro (y escolanía), bailarines y gran orquesta. Éste era el tipo de espectáculo preferido por Ida Rubinstein (Jarkov, 1885s-Vence, 1960), que tras su temprano abandono de los Ballets Rusos fundó su propia compañía y encargó, durante las tres décadas siguientes y hasta las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, un buen número de obras en las que textos de importantes escritores contemporáneos (D'Annunzio, Gide, Claudel, Valéry, Cocteau) suministraban la base de performances complejas con partituras de Debussy, Ravel, Honegger o Stravinski, a quien encargó también El beso del hada, estrenado en 1928 en la Ópera de París.
En ese mismo recinto tuvo lugar la creación de Perséphone el 30 de abril de 1934. Sobre un texto en verso de André Gide inspirado en el himno homérico a Demeter, diosa de la agricultura, se evoca el rapto de su hija Perséfone (la Proserpina de la mitología romana) por Hades/Plutón, y su posterior restitución por mandato divino, pero repartida cada año a mitades entre la tierra y el reino de las sombras. La novedad aportada por Gide consiste en poner en juego la compasión de Perséfone, apiadada de la desolación del mundo subterráneo, al que llevará "un poco de la claridad del día, una tregua a sus innumerables males, un poco de amor a su angustia", tal como cantan el coro y el tenor-narrador Eumolpo en las estrofas finales de la obra. Stravinski pedía al poeta únicamente "sílabas, sílabas bellas y fuertes, y una acción" para operar sobre ellas su particular alquimia transfiguradora, y se encontró con un Gide al que motejará, en sus diálogos con Craft, de "antipoeta" sólo capaz de producir "versos de caramelo". El choque fue lo suficientemente violento como para que el poeta no asistiera al estreno, y para que Stravinski proyectara, tras su felicísima experiencia con Auden y su Rake's Progress, rehacer la obra con nuevo texto del poeta inglés.
Stravinski trata de contrarrestar la frialdad y la regularidad del texto gideano haciendo uso de todos los recursos de su sincretismo estilístico, para animar y dar dramatismo a la acción con contrastes rítmicos –de sarabandas de inspiración barroca a marchas hollywoodenses, del uso sutil de ritmos de tango o boogie-woogie a momentos de solemne híeratismo –, con una armonía que ofrece frecuentes choques bitonales, con el uso de una orquesta nutrida pero utilizada con economía de medios y su característico sentido del color. No obstante todo ello, ante obra tan peculiar no se puede evitar sentir una sensación de frialdad y de cierto manierismo. Y no será precisamente la grabación dirigida por el autor en 1966 con la Columbia Symphony Orchestra la que borre en nosotros esa impresión, con una Vera Zorina que desgrana el texto de modo leve, susurrante, cadencioso y un punto amanerado. Escuchándola, nos queda la sensación de que Perséphone podría ser otra cosa, no sé si tan conforme a las intenciones de su autor, pero sí en todo caso más capaz de conmovernos.
Y he aquí que la respuesta nos llega de la mano de Audite: un documento live procedente de•un concierto de la Radio de Hesse en Frankfurt el 11 de noviembre de 1960 brinda una versión llena de vida y de convicción por obra del director afroamericano Dean Dixon (19I5-1976), en los comienzos de su asociación con la orquesta de la emisora, luego mantenida durante 13 fecundos años, que aligera notablemente los tempi (poco más de 48 minutos, 7 menos que la de Stravinski); orquesta, dos coros radiofónicos (Hessischen y Süddeutschen Rundfunks) y una escolanía (Schwanheimer Kinderchor), todos de alta calidad; y como remate, dos colosales artistas: la actriz Doris Schade, que presta a esta Perséfone la emoción, el entusiasmo y el dramatismo que Vera Zorina no conseguía infundir a la suya; y, como remate, un Fritz Wunderlich en su única aproximación al personaje del narrador, de una belleza tímbrica, una facilidad de emisión y una implicación dramática de quitar el sentido. ¿Que el texto (lamentablemente ausente del libreto) no se ofrece en el original francés, sino en la versión alemana de Fritz Schröder? ¡Tanto mejor! Los "versos de caramelo" de Gide dan paso a una versión en prosa muy libre y más didáctica, sin ripios ni manierismos. Ignoro lo que Stravinski, de haberla conocido, hubiera pensado de esta velada; pero yo siento que, esa noche, el mármol se hizo carne y, gracias a ello, por fin podemos hoy vibrar con Perséphone.