Rezension Diverdi Magazin 173 / septiembre 2008 | Arturo Reverter | September 1, 2008 En la búsqueda del éxtasis
A través de sus diez sonatas Scriabin nos cuenta, de manera sucinta, su evolución como músico, nacido a la sombra de la herencia de Chopin y Liszt, envuelto más tarde en refinadas sonoridades de aroma impresionista y entregado por último a la búsqueda de un misticismo que hoy nos parece un tanto demodé, pero que en su momento fue un poderoso acicate para que, en cualquier caso, el compositor nos ofreciera unos pentagramas muchas veces enigmáticos, siempre alucinados e intensos. Sombríos soliloquios, ramalazos y fulgores de una sorprendente luminosidad, sugerentes y repetitivos desarrollos, con soluciones armónicas y planteamientos acórdicos de rara originalidad, van construyendo el extraño mundo de este visionario. Su música, cada vez más concentrada, la persecución del acorde mistico otorgan una temperatura desusada a sus propues tas, en las que brilla un lenguaje que se mueve entre la ternura y la vigorosa expansión dramática. A veces, el compositor establece curiosas relaciones entre las notas y elementos naturales o sobrenaturales – Sonatas n° 2 y n° 10 – y otras encuentra, con inteligentes procedimientos cromáticos y empleo, si viene al caso, de intervalos elocuentes – tritono –, una dimensión demoníaca, cual es el caso de la Sonata n° 9, llamada Misa negra, una de las más conocidas de una colección escrita entre 1892 y 1913.
Hay también mucho de poético en las formulaciones de Scriabin, que se inspiró no pocas veces en escritos suyos o de su segunda mujer. Todo ello configura uno de los universos más sugerentes y excitantes de la literatura pianística que transcurre en la transición del XIX al XX. El músico supo concentrar magistralmente en estas sonaras, y en muchas otras composiciones – estudios, preludios, valses, poemas, variadas piezas –, todo ese turbulento mundo que le preocupaba, angustiaba y obsesionaba y del que emanaba un lirismo en ocasiones enfermizo pero siempre efectivo, incluso efectista, y, por supuesto, extraordinariamente atractivo y que tanto ha cautivado a los más grandes pianistas. Desde Sofronitsky a Horowitz o Gieseking, casi todos los artistas del teclado han buscado traducir a sonidos las peculiares, a veces tan lisztianas, partituras de nuestro compositor. Vladimir Stoupel es uno de los que últimamente se han interesado en él.
No conocíamos a este pianista ruso más que de lejanas referencias. No ha grabado demasiado. Por lo que hemos escuchado, es un excelente instrumentista y buen músico, que desarrolla, según se nos dice, también su actividad en el campo directorial y que reside en Berlín desde 1985. Es un artista todavía relativamente joven, que nos muestra en estas interpretaciones una considerable madurez intelectual y expresiva, un criterio musical de primer orden y una capacidad analítica que puede en ciertas oportunidades, no en todas, no estar de más en la exposición de obras frecuentemente alucinadas, que se nos ofrecen como fulgurantes perpetuum mobile de agitado discurrir, como atribuladas muestras de un postromanticismo casi liquidado.
Stoupel posee la técnica adecuada y el entendimiento justo para brindarnos unas interpretaciones que nos dejan ver las luces y las sombras de las composiciones, en ocasiones más bien esquinadas pese a su relativa brevedad. En general creemos que el artista frasea con pulcritud, con finura, con exquisita matización, respira con lógica y llega a establecer una atmósfera poética muy sutil en instantes muy definitorios, así en los soliloquios del Allegretto y el Andante de la Sonata n° 3 o en el comienzo, salvados los primeros compases, de la n° 5, sobre la que planea, no podemos evitarlo, la rupturista y abreviada recreación, ya casi histórica, de Richter (concierto en Varsovia, 1972). Pero Stoupel nos gusta mucho, por ejemplo, en el inicio, pianísimo, de la n° 4.
Nos parece que, con todas sus virtudes, su férreo control de acontecimientos, su mesura en los tempi, su equilibrio general, las interpretaciones de este pianista no están siempre embargadas de esa pátina arrebatada, de ese apasionamiento urgente, de ese relampagueo que antecede a la locura o al éxtasis que suele entreverar la mayoría de estas partituras y que podemos respirar y aspirar de una forma más virulenta, en otras aproximaciones salidas, por ejemplo, de las manos de un Ashkenazi, cuya integral (Decca) en dos CD, en lugar de tres, con el aditamento de otras piezas, es una excelente recomendación alternativa: o de las del joven Subdin, de quien hablábamos hace pocos meses. En todo caso, Stoupel es más fino y más sólido que otros pianistas que han grabado recientemente este corpus sonatístico, como Robert Taub (Harmonía Mundi) o Marc-André Hamelin (Hyperion).
Hay también mucho de poético en las formulaciones de Scriabin, que se inspiró no pocas veces en escritos suyos o de su segunda mujer. Todo ello configura uno de los universos más sugerentes y excitantes de la literatura pianística que transcurre en la transición del XIX al XX. El músico supo concentrar magistralmente en estas sonaras, y en muchas otras composiciones – estudios, preludios, valses, poemas, variadas piezas –, todo ese turbulento mundo que le preocupaba, angustiaba y obsesionaba y del que emanaba un lirismo en ocasiones enfermizo pero siempre efectivo, incluso efectista, y, por supuesto, extraordinariamente atractivo y que tanto ha cautivado a los más grandes pianistas. Desde Sofronitsky a Horowitz o Gieseking, casi todos los artistas del teclado han buscado traducir a sonidos las peculiares, a veces tan lisztianas, partituras de nuestro compositor. Vladimir Stoupel es uno de los que últimamente se han interesado en él.
No conocíamos a este pianista ruso más que de lejanas referencias. No ha grabado demasiado. Por lo que hemos escuchado, es un excelente instrumentista y buen músico, que desarrolla, según se nos dice, también su actividad en el campo directorial y que reside en Berlín desde 1985. Es un artista todavía relativamente joven, que nos muestra en estas interpretaciones una considerable madurez intelectual y expresiva, un criterio musical de primer orden y una capacidad analítica que puede en ciertas oportunidades, no en todas, no estar de más en la exposición de obras frecuentemente alucinadas, que se nos ofrecen como fulgurantes perpetuum mobile de agitado discurrir, como atribuladas muestras de un postromanticismo casi liquidado.
Stoupel posee la técnica adecuada y el entendimiento justo para brindarnos unas interpretaciones que nos dejan ver las luces y las sombras de las composiciones, en ocasiones más bien esquinadas pese a su relativa brevedad. En general creemos que el artista frasea con pulcritud, con finura, con exquisita matización, respira con lógica y llega a establecer una atmósfera poética muy sutil en instantes muy definitorios, así en los soliloquios del Allegretto y el Andante de la Sonata n° 3 o en el comienzo, salvados los primeros compases, de la n° 5, sobre la que planea, no podemos evitarlo, la rupturista y abreviada recreación, ya casi histórica, de Richter (concierto en Varsovia, 1972). Pero Stoupel nos gusta mucho, por ejemplo, en el inicio, pianísimo, de la n° 4.
Nos parece que, con todas sus virtudes, su férreo control de acontecimientos, su mesura en los tempi, su equilibrio general, las interpretaciones de este pianista no están siempre embargadas de esa pátina arrebatada, de ese apasionamiento urgente, de ese relampagueo que antecede a la locura o al éxtasis que suele entreverar la mayoría de estas partituras y que podemos respirar y aspirar de una forma más virulenta, en otras aproximaciones salidas, por ejemplo, de las manos de un Ashkenazi, cuya integral (Decca) en dos CD, en lugar de tres, con el aditamento de otras piezas, es una excelente recomendación alternativa: o de las del joven Subdin, de quien hablábamos hace pocos meses. En todo caso, Stoupel es más fino y más sólido que otros pianistas que han grabado recientemente este corpus sonatístico, como Robert Taub (Harmonía Mundi) o Marc-André Hamelin (Hyperion).