Rezension
Diverdi Magazin Noviembre 2008 | José Velasco | November 1, 2008
Las folías de Rachmaninov
Elijan su mes del año y escuchen cómo lo describió Tchaikovski en su ciclo Las estaciones, uno de los más hermosos y emblemáticos ejemplos del pianismo de salón. Doce escenas descriptivas de las que sin duda me quedo con la preciosa barcarola de junio y con la intensa tristeza schumanniana de octubre, que usará después Piotr Illych como tema del primer movimiento de su cuarta sinfonía.
Tras pasar todo un año en las manos de la pianista Hideyo Harada, desembocamos en una de las más fascinantes y tardías composiciones sobre el tema de la folía. En jazz lo denominarían un standard, y sobre ese standard escribiría Sergei Rachmaninov en 1931 su última obra para piano solo: veinte variaciones, un intermezzo y una coda, pensando que el tema pertenecía a Arcangelo Corelli, pues el ruso lo tomó de su Sonata op. 5 nº 12. Con agrupaciones y separaciones de notas que dan a la obra un carácter más abstracto o distanciado que en otras versiones, el mismo discurso parece formarse con nuevas palabras, y Harada obtiene poesía extirpando lirismo. Con su prisa de insecto grande, la pianista se muestra voluntariamente confusa, casi en un intento de deconstruir la obra, de mostrarnos sus piezas, sus huesecillos, con un sonido nítido y de resonancia cortísima. Es una interpretación dulce, pero no delicada, con un modo muy particular de tocar, de pulsar, de subrayar sobre el vacío y dejar solas a las notas, casi al borde de sí mismas.
Con su frialdad frágil no es la mejor versión de las Variaciones sobre un tema de Corelli, pero no es una versión más. Podemos preferir a Ekaterina Mechetina o a Vanessa Wagner, pero nunca olvidaremos la extrañeza suave y correcta de esta japonesa. Imaginamos en ella el desasosiego manso de las vidas casi normales de los personajes de las novelas de Haruki Murakami.